Lewis Carroll y Cia

23Lug10

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Jabberwocky

’Twas brillig, and the slighty toves
Did gyre and gimble in the wabe:
All mimsy were the borogoves
And the mome raths outgrabe.

“Beware the Jabberwock, my son!
The jaws that bite, the claws that catch!
Beware the Jubjub bird, and shun
The frumious Bandersnatch!”

He took his vorpal sword in hand:
Long time the manxome foe he sought–
So rested he by the Tumtum tree,
And stood awhile in thought.

And, as in uffish thought he stood,
The Jabberwock, with eyes of flame,
Came whiffling through the tulgey wood,
And burbled as it came!

One, two! One, two! And through and through
The vorpal blade went snicker-snack!
He left it dead, and with its head
He went galumphing back.

“And hast thou slain the Jabberwock?
Come to my arms, my beamish boy!
O frabjous day! Callooh! Callay!”
He chortled in his joy.

’Twas brillig, and the slighty toves
Did gyre and gimble in the wabe:
All mimsy were the borogoves
And the mome raths outgrabe.

Through the Looking-Glass and What Alice Found There, 1872

Una raccolta non esaustiva delle traduzioni del Jabberwocky in diverse lingue è visibile qui e qui.

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El Dragobán

Marià Manent (1944)

Llegaba ya el hervín. Blendes casquines
huldeban y jarcían en el gardo.
Calígonos estaban los cibines
y venía el verdal con paso tardo.

¡Hijo mío, cuidado! ¡El Dragobán!
¡Esas fauces y garras espantosas!
¡El pájaro Yubyub! ¡Oído! ¡Van
por el bosque las Negras Mariposas!

Mas la espada de bronce él empuñó
y buscó al enemigo largamente;
bajo el árbol Tuntún se cobijó
y, pensando, frunció la tersa frente.

Y mientras meditaba, el Dragobán
llegó, con ojos de terribles llamas,
lanzando vaharadas de alquitrán,
de azufre y de betún, bajo las ramas.

Pero ¡zis, zas! ¡zis, zas! el bronce duro
carne y huesos destroza a su sabor.
Bien muerto lo dejó, y, con su cabeza,
traspuso galopando el negro alcor.

«¿Has muerto al Dragobán? ¡Ven a mis brazos,
oh doncel de cien glorias! ¡Ven a mí!
¡Día feliz! ¡Ohé! ¡No más zarpazos!»
Y de alborozo casi enloquecí.

Llegaba ya el hervín. Blendes casquines
huldeban y jarcían en el gardo.
Calígonos estaban los cibines
y venía el verdal con paso tardo.

˜

El Baraúndo

Julio Trujillo

Era el bullir, los tersos lagartejos
se arrizomaban en la verdiloma,
los bogrios suspiraban a lo lejos
y hasta ululaba el tortuguín de goma.

“¡Hijo: del Baraúndo ten cuidado!
¡De su quijada y su feroz zarpazo!
¡Si ves al ave Jubjub hazte a un lado
y evita al frumibundo Tarascazo!”

Él empuñó su vorpalina espada
y buscó largamente a su enemigo,
se echó bajo un tamtam, pensando en nada
y estuvo un rato así, solo y consigo.

Y mientras cavilaba ufosamente,
¡el Baraúndo, con mirar de flama,
zumbó a través del bosque, de repente,
con borborigmos y un rugir que es fama!

¡Un, dos!, ¡un, dos!, ¡un, dos!, ¡atravesando
con su espadón el músculo y el hueso!
Cargó con su cabeza, y entonando
un son de triunfo comenzó el regreso.

“¿Pudiste asesinar al Baraúndo?
¡Ven a mis brazos, niño esplendoroso!
¡Oh día fragnífico, genial, rotundo!”
Desternillábase el señor de gozo.

Era el bullir, los tersos lagartejos
se arrizomaban en la verdiloma,
los bogrios suspiraban a lo lejos
y hasta ululaba el tortuguín de goma.

Letras libres, Blog de la redacción, 11 marzo 2010.


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